Muchas historias se contaron sobre Juan sin Miedo. Cuentos sobre su valentía y su incapacidad de sentir ni una pizca de pavor o miedo. Hoy me gustaría contarte acerca de Mino. Mino es un joven que creció acumulando el miedo como una pelota en su interior. Cada situación que vivía se convertía en una fuente de estrés y de miedo. Desde la cosa más nimia, las dudas, el miedo y la inseguridad le asaltaban en su interior. Creo que le habían dicho tanto de pequeño que el mundo de fuera era peligroso que su piloto de alerta estaba constantemente encendido. Su pareja le tardaba en contestar… “será que se ha enfadado?” pensaba, ponía un límite a un amigo y ya temía que no le fuera a volver a hablar. Con cada situación que vivía, Mino pensaba en la forma de evadirse en caso de que las cosas se torcieran. Para quitarle hierro al asunto, Mino se decía a sí mismo que como espía sería un as, porque siempre veía las vías de escape a cualquier situación.
Lo cierto es que Mino se sentía solo, porque era una situación constante que le cansaba, le agotaba y le quitaba las ganas de hacer nada. A veces prefería quedarse en casa sin hacer nada, sin ver a nadie, así evitaba tener que pasar el pequeño mal rato de afrontar cualquier situación por más tonta que fuese: Desde salir de casa, ir a hacer la compra o ponerse a cocinar. No lo podía explicar, pero hay veces que su motor interior perdía pilas y el miedo se apoderaba de él, y tras el miedo, la desgana.
Mino estaba avergonzado de esto que le pasaba, puesto que tampoco lo podía compartir con nadie, no fuera a ser que le fueran a abandonar, a señalar o a mirar mal… así que llevaba esta gestión del miedo en soledad, pero aparte de avergonzado estaba harto. Quería abrir la puerta, vivir el mundo exterior y disfrutar de la vida, tal y como veía desde su ventana cómo lo hacían los demás. Sentía que el tiempo pasaba, y él seguía encerrado en su torre cual princesa de cuento, esperando a que alguien viniera a matar al dragón interno llamado miedo…
Un día, Mino estaba poniendo orden las cosas en su casa, y decidió bajar al sótano, donde normalmente le daba miedo bajar. Lleno de oscuridad, telarañas y muchas cajas pendientes de ordenar, un nudo se posaba en su garganta y una voz infantil brotaba diciendo “yo no quiero hacer eso”. Frustrado y enfadado consigo mismo, cogió una caja, y la lanzó hacia la oscuridad, al tiempo que brotaba un grito de lo más profundo de sus entrañas. Un grito de hastío, de auxilio y de no poder más.
El grito reverberó por todo el sótano, y de una forma inexplicable, algo en el sótano empezó a vibrar y a sonar de una forma extraña. Mino, curioso a la par que asustado, se acercó cuidadosamente a buscar el origen del ruido. Era un espejo enorme de cuerpo entero. Sencillo, ovalado y sin muchos adornos o embellecedores. Estaba sucio, cubierto de polvo y de agujeros negros por toda su superficie, como si tuviese muchos años y nadie se hubiera preocupado de su mantenimiento. Mino lo iluminó, y pudo leer que tenía una inscripción en la parte superior del marco: “El espejo del Miedo”.
Sus ojos se abrieron como platos, y empezó a mirarse fijamente en el autodenominado como espejo del miedo. Su mirada empezó a barrer su cara, su cuerpo. La verdad es que siempre que se miraba a los ojos encontraba algo de paz y tranquilidad. Su tez morena, su cuerpo fuerte y sobre todo sus facciones, enmarcadas por sus profundos ojos oscuros le daban seguridad y calma. La certeza de que todo, obviamente iba a ir bien. La seguridad de que esos ojos podían intimidar a cualquiera que se le antojase intentar algo, esos brazos fuertes capaces de mover montañas, ese cuerpo que había vivido tanto y en tantas ocasiones había demostrado lo que era capaz… y aun así, cuando ese reflejo no le acompañaba… ¡qué asustado se sentía!
En medio de su divagación, se dio cuenta que algo había cambiado, de repente sus ojos eran los de su reflejo… se había metido dentro del reflejo del espejo… y ya no estaba en su cuarto, sino en un lugar extraño, un paraje rocoso, frío, rojo y oscuro. Era una especie de cueva.
Mino fue consciente de dónde estaba. Era su interior, el núcleo de su miedo. En cuanto su vista se acostumbró a la oscuridad, empezó a identificar mejor todo lo que había dentro: Estaba rodeado de agua, como un lago rodeando un pequeño islote donde estaba él con el espejo, que ya no reflejaba nada. En ese lago, dos peces enormes y escurridizos nadaban en círculos nerviosamente: La pulsión de su estómago y su garganta, que los notaba prácticamente siempre.
Justo encima suyo, colgaba una especie de ovillo de lana gigante, hecho con una cuerda gruesa marrón, que reflejaba su constante nudo en la garganta. Atado fuertemente en sí mismo, haciendo prácticamente imposible desenrollarlo.
Su vista rápidamente se dirigió hacia un ruido que brotaba de las paredes. Lava parecía salir a borbotones de un agujero de la pared, que luego paraba para aparecer súbitamente en otro sitio. Sin previo aviso. De repente. Sus alertas súbitas ante cualquier eventualidad.
El juego de luces y sombras que parecían proyectarse de cualquier lugar y de cualquier forma parecían activar esos circuitos de lava, como una forma de supurar.
Las paredes de la cueva parecían tener vida, como si se movieran con la respiración, como si realmente estuviera en el interior de su cuerpo. Notaba el calor de su cuerpo, a pesar de esa constante sensación de frío, y era capaz de notar que era un interior tenso, que se plegaba sobre sí mismo intentando protegerse de tanto…
Mino, sin darse cuenta había adoptado una posición de defensa, apoyando parte de su pared con el espejo, sus rodillas flexionadas y abrazadas por si mano y una sensación de desolación invadió su cuerpo. Ver todos esos mecanismos que sentía en versión macro no hacía que se sintiese mejor. De hecho hacían que se viesen inalcanzables, como un muro tan alto que era incapaz de trepar por él.
Tras mucho rato bloqueado, Mino llegó a la conclusión de nadie podía rescatarlo de ese lugar, y que no podía morir rodeado en medio de sus miedos, o al menos no sin intentar traspasar por ellos. Cierto es que nadie sabría si lo intentaba o no, y que probablemente muriese igual y era más cómodo no intentarlo… pero si no lo intentaba, cómo iba a pretender conseguir disfrutar. Si existía esa luz al final del camino debía al menos intentarlo.
Mino empezó a pensar en todas aquellas cosas que le daban valor, en todas aquellas ocasiones en las que había podido vencer al miedo y la vergüenza y había podido disfrutar plenamente. En cómo se había sentido en cada una de esas veces. Todos los capítulos donde se infundió fuerza a sí mismo. Todas las veces que simplemente se arriesgó sin pensar, a veces un poco inconsciente, pero tirando de su niño interior juguetón que quería probar “a ver qué pasaba”. La curiosidad, la certeza de sus ojos, la inmutabilidad del ritmo de su respiración, la ilusión por conseguir metas, la felicidad de los logros conseguidos… Sucesiones de imágenes recorrieron todo su ser, convirtiéndose en cuentas alrededor de su mano, en forma de pulseras como las que normalmente vestía, solo que estas estaban infundidas por su propia energía:
- La pulsera de la respiración: Una pulsera de cuentas interminables, tan larga que la tenía recorriendo su muñeca varias veces. Sin que nadie le explicara, sabía que el repasar esas cuentas podía tomar el control de sus respiraciones, llevando calma y paz a todo su ser.
- La pulsera del león: Una pulsera negra, con un león engastado en plata en una de sus cuentas. Una cuenta por cada vez que había superado sus miedos y vergüenzas, y un león recordándole su valentía.
- La pulsera de la curiosidad y la ilusión. Una pulsera marrón con una piedra brillante en el medio. Ese brillo era la ilusión que nunca moría en su interior y le recordaba que la curiosidad no mató al gato, sino que permitió abrir puertas que antes estaban cerradas. Esta pulsera le daba mucha calidez a su muñeca.
- La pulsera de los ojos de tigre: Dos cuentas brillantes, una por cada uno de sus ojos, le devolvían la mirada de seguridad que a veces olvidaba que le pertenecía, rodeada de cuentas de obsidiana.
- La pulsera de la disciplina: Una pulsera de cuentas sencilla, desgastada hecha de obsidiana, que le recordaban que combatir el miedo era un trabajo de disciplina
Con sus brazos rodeados de cuentas y con todo el poder en sus manos. Cerró los ojos, y las cuentas de la respiración empezaron a brillar al ritmo de su respiración, girando a su alrededor como si fueran satélites alrededor de un planeta. Ahora que estaba calmado y tranquilo, abrió sus ojos y se puso de pie. Entonces, las cuentas de ojo de tigre empezaron a hacerse más grandes, devolviéndole su mirada a Mino, que notaba que se infundía de fuerza, de una energía primal que le pertenecía y a la que no solía darse el permiso de acceder. Sin darse cuenta, su postura cambió. Ahora estaba tranquilo, erguido, orgulloso, con su pecho henchido y con una sensación de ser plenamente capaz, sin dejar huecos para las dudas.
La pulsera del león empezó a brillar también, avivando en su memoria diferentes recuerdos donde había triunfado, y cómo se había sentido, reforzando el aplomo de que podía conseguir lo que se propusiera.
Por último, el brillo de la curiosidad se colocó en su corazón. Una sensación cálida y una imagen de abrir muchas puertas intentando encontrar la respuesta de forma juguetona le invadió, las ganas de moverse y empezar brotaron por todo su cuerpo al tiempo que una sonrisa pícara se dibujó en su cara.
Una energía eléctrica invadió su cuerpo y la necesidad de empezar a moverse, movido por todo su poder dio simplemente un paso… y de la hendidura de su paso todo se empezó a transformar a su alrededor, como si estuviera domando a esta bestia viva que era el miedo. El nudo empezó a soltarse, los peces se pararon, y las sombras que no paraban de moverse empezaron a palidecer y pasar a un segundo plano, con lo que las grietas de lava dejaron de aparecer.
Mino dio otro paso, y decidió meterse en el agua fría que tanto pavor le daba y simplmenete disfrutar de la experiencia. No había lugar para el miedo sino para el juego y el disfrute, y empezó a chapotear en las aguas del miedo como si fuese lo más divertido del mundo, sintiéndose así como Juan sin Miedo.
Disfrutó cada segundo nadando en esas aguas, nadando con los peces de la vergüenza y el miedo, y experimentando con la cuerda del techo, que ahora se sentía como plastilina con la que podía moldear y jugar. El suelo, y todo a su alrededor parecía relajarse, sentirse más tranquilo… y eso permitía que el disfrute brotara de su interior.
Mino notó que una cuenta de la pulsera de la disciplina se había iluminado, y él entendió. Había utilizado su fuerza para iluminar este día, pero eso no significaba que hubiera acabado con todos sus miedos para siempre. Era su deber cada día de visitar a sus miedos, confiando en su fuerza para ponerles su límite y poder domarlos, para poder moldearlos y jugar con ellos, no todo tenía que ser a fuerza de músculo y trabajo de un día.
Tras ese último darse cuenta, todas las cuentas empezaron a danzar alrededor suyo, fuera de sus pulseras, girando y entremezclándose unas con otras. Mino decidió cerrar los ojos y dejar que las sensaciones fueran guiando la experiencia.
Cuando abrió los ojos, su corazón seguía en calma, aunque esta vez ya se volvía a encontrar en su casa, junto al espejo del miedo. En su muñeca, un revoltijo de pulseras de distintos colores, formas y texturas rodeaban su muñeca. Se habían entremezclado entre sí.
Mino le dio un beso cariñoso al espejo, se abrazó sus pulseras y empezó a vivir otra vez.
FIN… o el principio del viaje.


