Sayiro era un niño querido y amado por sus padres. Podríamos decir que era un niño mimado. Sus padres le colmaban de regalos, juegos y juguetes. Desde fuera Sayiro, o Sayu como lo llamaban sus padres, era el niño con más suerte del mundo. Todo lo que podía imaginar se convertía en un regalo por parte de sus progenitores, incluso aquello que no se le había ocurrido todavía se convertía en una sorpresa navideña, por sus buenas notas o su cumpleaños.
Lo que a este pequeño sí que le faltaba era momentos de compartir con sus padres: Su padre solo tenía ojos para el abuelo de Sayiro, y hacía todo lo que le pedía, trabajando a destajo para mantener el negocio familiar. El padre de Sayiro se sentía tan culpable por no poder estar, que su forma de demostrarle amor era a través de los viajes que organizaba en verano por todas partes del mundo y los regalos que le daba. Aunque siempre hablaba de la importancia del dinero y lo que costaba gastarlo, en el fondo la cartera siempre tenía monedas para su bienamado y obediente hijo. Su madre, por otra parte, como había tenido una infancia algo complicada, pasando tanto miedo y vivida en soledad, solo quería agasajar a sus hijos y que se sintiese seguros. En especial del “pobre Sayu”… lo veía tan desvalido, despistado y algo feúcho, que de alguna forma pensaba que no se iba a saber desenvolverá en sociedad y que el mundo se lo iba terminar por comer, así que lo envolvía entre sus brazos protectores y creaba una burbuja de amor y regalos a su alrededor.
Así pues, ninguno de sus padres podía ver lo que el crío realmente necesitaba, o por ausencia, o por incapacidad para verle y quererle tal y como era. El pequeño Sayiro estaba herido y no era ni consciente, y esa herida que era invisible para él, acabó teniendo dos consecuencias: La primera, el desdén por todas las cosas materiales. Cada regalo que le daban le generaba hastío y desgana. Cada vez que su padre se iba de viaje, le pedía “algo especial”. En el fondo solo quería algo que su padre realmente se tomase el tiempo para elegirlo pensando en él, y no coger el primer juguete que se encontrase. Y acabó enfadado con tanto regalo. Lo que él quería realmente era amor y cariño, solo que no lo sabía, así que empezó a crecer una sensación de insatisfacción y enfado hacia sus padres.
Sayiro creció en estatura e inteligencia, pero una parte de sí se sumió en la oscuridad… una espiral negra nublaba su vista de cuando en cuando, llenando su cuerpo y de enfado e insatisfacción. Era una sensación que le arrebataba en algunos momentos de su vida, ya fuese en el trabajo, con amigos, con sus parejas… cuando las cosas no iban como él quería, se enfadaba, le entraba la rabia y su corazón se cerraba. Su entorno no entendía muy bien lo que pasaba, y muchas oportunidades de pareja se emborronaron en la historia, y sobre todo… una sensación de vacío le infectaba a cada momento, haciéndole sentir incomprendido, solo y encerrado.
Nadie podía entenderle, nadie parecía salvarle de su rabia y sus caprichos, y se cansaba de esperar, se frustraba de que nadie pudiera comprender su necesidad… la cual, curiosamente él tampoco podía entender. Solo quería “sentirse especial”… pero todo a su alrededor le parecía mundano, pobre, y nada estaba a la altura de lo que él sentía que se merecía.
Sus expectativas crecían con los años, igual que lo hacía su sentimiento de soledad, que crecía cual hiedra trepadora por sus piernas, atrapando y envenenando sus vísceras y su corazón, sin apagar del todo la luz de un salvador que viniera a rescatarle de esa sensación de vacío. Pero ni el príncipe de la sonrisa tenue, ni el ángel de alas luminosas venían a cogerle de la mano.
Un día, visitó a un sabio de barba blanca a pedirle una solución a toda esta situación que sentía. Él no dijo nada, sino que le llevó a una sala donde había un espejo del tamaño de Sayiro y le dejó solo frente a él.
El espejo empezó a proyectar cual vídeo imágenes del pasado de Sayiro, de lo más reciente a lo más antiguo. Todos y esos momentos de capricho, de estallido de rabia porque las cosas no salían como él quería. Ese niño caprichoso que le tomaba en tantas formas diferentes, situaciones y personas. La vergüenza se apoderaba de las mejillas de Sayiro, al mismo tiempo que la tristeza aparecía en sus ojos: todas las oportunidades perdidas, todos los momentos en los que podía haber visto a la persona que tenía enfrente, pero solo veía sus Su soledad e insatisfacción, su rabia porque nadie me llenaba, le completaba. Empezaba a ver un patrón en su comportamiento, y tirando del hilo invisible en su viaje al pasado llegó al día en que todo se enquisto. La imagen del espejo se detuvo en un Sayiro más joven, practicamente adolescente que tenia encima de su pecho una espiral oscura que se arremolinaba y estiraba a su alrededor. A Sayiro le costaba tragar de la impresión. El espejo empezó a ampliar la imagen sobre las nubes negras lentamente, adentrándose de entre las nubes de tormenta hasta meterse en el interior. Entre tanta oscuridad algunos truenos sonaban y relampagueaban a su paso. Podía notar como esos rayos llevaban su enfado infantil por todo su cuerpo. Siguió hacia el fondo hasta llegar a una zona oscura que parecía su habitación de la infancia, llena de sombras alargadas y mucho mas tétrica de lo que la recordaba. En su cama, un Sayiro niño lloraba abrazado a una almohada. Sayiro desde el otro lado del espejo se emocionó al verlo, y casi sin pensar atravesó el espejo, metiéndome en la imagen que veía.
Dentro de su cuarto tétrico podía ver mejor la imagen. El cuarto estaba lleno de cosas: juegos, juguetes, ropa de todos las colores.. pero el pequeño Sayu estaba triste, y parecía que nada podía consolar su pena. Sayiro, como tocado por un rayo de inspiración, lo entendió., y supo qué es lo que tenía que hacer.
“Sayu” dijo, y el pequeño reparó en su versión adulta, girando rápidamente su cara hacia el. “Estoy aquí para estar contigo y cuidarte”
-“yo quiero que papá y mamá vengan a estar conmigo. Me prometieron que me iban a dar algo especial.. pero aquí sigo solo”
-mama y papa lo hicieron lo mejor que pudieron, intentaron darte amor solo que no supieron qué era lo que necesitabas. Y tú tampoco, pero te sentías solo y no podias explicarlo, así que te tragaste tu soledad para ti durante todo este tiempo. Esperando a que ellos vinieran, has seguido… hemos seguido, a que mamany papa viniesen a salvarnos… pero aquí estoy yo, responsabilizándome de ti, de cuidarte, de arroparte, de darte lo que necesitas, para darte ese “algo especial”.. amor puro, cálido y sin filtrar.
Acto seguido Sayiro abrazo a su parte herida, que lloraba desconsolada, ahora en una forma descarnada, por fin sintiéndose visto. Ambos derramaron lagrimas por la soledad sentida, y fundidos en un abrazo acabaron fundidos en uno.”
Sayiro, solo en la habitación llena de cosas, miro a cada uno de los intentos de amor físico de sus padres. Y los abrazo uno a uno, dando las gracias y mentalmente pensaba en donar cada uno de esos regalos a alguien a quien le pudiera hacer feliz. Ese pensamiento le hacia feliz. Con cada objeto que mentalmente donana, la habitación se hacia mas califa y se llenaba de luz.
Cuando acabó, estaba en una habitación vacía, serena y en calma, al igual que lo estaba su corazón ahora. Sayiro emprendió la vuelta a su lado del espejo, consciente de su niño herido que solo quería sentir amor y al que se comprometió a cuidar y darle lo que necesitaba hasta el fin de sus días.
Fin, y el principio del viaje

