El homúnculo

Hace muchos años, en una tierra remota, un sabio, usando un saber antiguo creó a un homúnculo, un ser artificial. Al principio ese ser era como un orbe, oscuro y pequeño, que apenas era más grande que una pelota. También se veía sensible y endeble, así que el sabio decidió protegerlo en una urna de cristal, para evitar romper su tan valiosa creación.

Ese orbe, curioso y hambriento de conocer el mundo que le rodeaba, observaba todo desde el cristal reflejado del frasco que lo contenía, admirado y deslumbrado por toda la realidad que le rodeaba. Pero pronto esa curiosidad se fue opacando por el miedo, ya que su creador no paraba de contarle todas las maldades de los humanos: Eran peligrosos, entraban en guerras y se odiaban, por eso le decía, estaría más a salvo en su envase. 

El homúnculo

Al mismo tiempo el sabio, que quería presumir de su creación, quería que todos vieran a su ser creado de sus propias artes. El ser perfecto que había salido de su mente y esfuerzo. Por eso, a pesar del miedo que le había infundado a su hijo, le invitó a que se rodease con los demás, sin dejarle de repetir que era un ser delicado, y que debía de recubrirse de piel y huesos si quería sobrevivir en ese entorno hostil. No paraba de repetirle lo especial y único que era, y que tenía miedo de perderle. 

El homúnculo, como una esponja, encerró dentro la necesidad de brillar con los demás como ser especial que era, pero con miedo de que los demás le pudieran hacer daño y que le pudieran romper. Asumiendo esos mandatos para sí, el hombre artificial empezó a cambiar de forma, apropiándose de una imagen humana con piel, músculos y huesos, pero se las apañó para seguir rodeado del frasco que lo rodeaba, moldeándolo como una fina película transparente que lo rodeaba, apenas imperceptible para el ojo humano, pero él era consciente de que estaba protegido, a salvo de que nadie pudiera hacerle daño. 

El tiempo pasaba, y este ser especial traspasó generaciones, sobreviviendo a su creador. El homúnculo se mimetizó tan bien como humano que ya la gente de su alrededor solo veía a un humano, y esos elogios que esperaba escuchar se volvieron mudos. Así que, ávido de los halagos y en búsqueda de seguir siendo el ser perfecto que su maestro le había inculcado a ser, empezó a replicar y a copiar con sus talentos a aquellas personas que la gente admiraba y recibían los piropos de los demás: no paró de estudiar, de hacerse más fuerte, de verse más bello, intentando por todos los medios buscar ser ese ser humano perfecto, intentando brillar con cada cosa que hacía… solo que él sabía en el fondo que no era humano, y temía que alguien pudiera descubrirlo. 

Solo él conocía su parte oscura y blanda que se encontraba en su interior, solo él sabía que no era humano y que en el fondo era una fachada, una farsa, y por eso se esforzaba más por ser perfecto, por ser único y especial, permitiendo que los demás admiraran su fachada, pero no lo suficientemente cerca que lo pudieran tocar, protegido por aquella película de cristal que lo seguía protegiendo eones más tarde. Era una hazaña agotadora, que lo llevaba a la extenuación y hacía que hubiera momentos donde quisiera volver a ser ese amasijo redondo y oscuro cuando nadie mirase para poder descansar. Y a veces, simplemente no quería hacer nada más por agradar a nadie… pero era esclavo de los halagos.

Además, el homúnculo podía ver el amor en los demás humanos, cómo se querían, se tocaban y se amaban, y él sentía envidia, pero el miedo le podía, y eso lo hacía alejarse. Interactuaba lo suficientemente cerca para que lo admiraran, pero lo suficientemente lejos para que no pudieran tocarle, no sea que el velo de la verdad cayese y acabase dañado, o peor, repudiado por los demás por la oscuridad de su interior. A salvo…

características homúnculo

Un día, el ser artificial, frustrado y triste de vivir en esa perpetua dicotomía, decidió alejarse de la gente y vivir solo. La soledad hacía que la piel que tanto mimo ponía se resquebrajaba cuando nadie miraba, y toda esa pantalla caía por su propio peso. Era tan cansado vivir con tanta exigencia, y era muy doloroso tener miedo de su propia oscuridad, esa que le habían dicho siempre que nadie debía ver. Poco a poco se iba haciendo una bola de nuevo, aquella masa oscura y esférica encerrada en un frasco, solo, lleno de envidia porque los demás podían vivir una vida que parecía no estaba hecha para él, a la cual no parecía que estuviese destinado a alcanzar, esclavo del frasco del que nunca pudo escapar y de la imagen que buscara los aplausos del mundo.

En ese momento, una luz hizo brillar el frasco de tal forma que el ser oscuro pudo verse por primera vez tal y como era, sin un filtro en el que ocultarse. No es la primera vez que ocurría, pero en esta ocasión, agotado, no desvió la mirada. Lo primero que le sorprendió fue ver la luz de sus ojos, lo cual le conmovió. Empezó a llevar la mirada por ese cuerpo oscuro y blando, que ni era tan oscuro como le habían hecho creer, ni tan deforme como para no querer ser visto por nadie. Sintió miedo, sintió incomodidad… y al mismo tiempo alivio. De su propia esfera salieron unos brazos, y decidió palparse tal y como era. Estaba tan acostumbrado a tocar su fachada que no reconocía el tacto de su cuerpo de verdad, las sensaciones que sentía, permitiéndose sentir sin expectaciones, sin controlar, simplemente descubriéndose y conociéndose por primera vez. 

Entonces ocurrió algo que no era consciente, el ser empezó a abrazar sus sombras, tal y como eran, dejando que las expectativas y el control se evaporaran, y en un esfuerzo por vivir, hizo lo que él llamó su primer acto de amor: Salió del frasco por vez primera, sabedor por fin de que podía ser amado y amar tal y como era, y por fin, notó la luz del sol por primera vez en su piel.

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