Qué es el chemsex y por qué no es solo cuestión de drogas

Hay conversaciones que el colectivo LGTBIQ+ lleva tiempo teniendo entre susurros. El chemsex es una de ellas. Se habla de él con morbo, con miedo, con juicio, o directamente no se habla. Y ese silencio tiene un coste.

Porque el chemsex no es solo una práctica. Es, en muchos casos, una respuesta. Una forma de gestionar algo que duele y que no ha encontrado otro canal. Y entenderlo así, sin romantizarlo ni criminalizarlo, es lo primero que necesitamos para poder hablar de él con honestidad.

Qué es el chemsex

El chemsex —también llamado sexo bajo el efecto de sustancias— hace referencia al uso deliberado de drogas específicas para facilitar, prolongar o intensificar las relaciones sexuales. Las sustancias más frecuentes son la mefedrona, el GHB/GBL y la metanfetamina cristalizada, aunque el perfil puede variar.

Es una práctica que ocurre de forma desproporcionada en hombres que tienen sexo con hombres, según Apoyo Positivo, organización con la que colaboro en Madrid y que lleva años trabajando en reducción de daños y acompañamiento a personas que practican chemsex.

No es exclusivo del colectivo gay, pero sí está especialmente presente en él. Y eso no es casualidad.

Por qué el chemsex es más frecuente en hombres gays

Aquí es donde la conversación se pone interesante, y donde muchos análisis se quedan cortos.

El chemsex no aparece porque los hombres gays sean más propensos a las adicciones o tengan menos autocontrol. Aparece porque muchos hombres gays han crecido con una relación complicada con su propio cuerpo, con su deseo, con la intimidad. Y las sustancias, en ese contexto, hacen algo muy concreto: bajan la guardia.

Permiten sentir placer sin la ansiedad de ser juzgado. Permiten la intimidad sin el riesgo de la vulnerabilidad. Permiten estar en el cuerpo, a veces por primera vez, sin la coraza que se construyó durante años de ocultamiento.

Desde la Terapia Gestalt, lo que veo en consulta es que detrás del chemsex casi siempre hay una historia de desconexión. Del cuerpo, del deseo, de la propia identidad sexual. Una historia que a menudo empieza en la adolescencia perdida, en los años en que no hubo espacio para explorar la sexualidad de forma libre y segura.

Las sustancias no crean esa desconexión. La gestionan. Y esa es una diferencia importante.

El ciclo que atrapa

El problema no es el primer encuentro, ni el segundo. El problema es lo que ocurre cuando el patrón se instala.

Porque las sustancias que se usan en el chemsex tienen un perfil farmacológico muy concreto: activan el sistema de recompensa de forma intensa, reducen la inhibición, aumentan el deseo y la resistencia física. Y generan tolerancia rápido. Lo que al principio era un extra se convierte en una condición necesaria para acceder al placer o a la conexión.

Y entonces aparece el círculo: sin sustancias, el sexo se siente vacío o imposible. Con sustancias, hay placer pero también culpa, riesgo, y una resaca emocional que puede durar días. Eso que algunas personas llaman el “comedown” —la caída después de una sesión— puede incluir ansiedad intensa, depresión, paranoia y una soledad muy particular que contrasta con la hiperconexión de las horas anteriores.

Ese contraste es, en sí mismo, una información valiosa. Lo que baja con el comedown no es solo la química. Es también todo lo que las sustancias estaban tapando.

Chemsex y apego ansioso

Hay una conexión que aparece con frecuencia en consulta y que merece ser nombrada: la relación entre el chemsex y los patrones de apego ansioso en hombres gays.

Las sesiones de chemsex —que pueden durar horas o días— crean una intimidad artificial muy intensa. Una sensación de conexión profunda con otras personas que, fuera del contexto de las sustancias, puede no existir del mismo modo. Para alguien con dificultades para vincularse desde la sobriedad, esa intensidad puede volverse adictiva en sí misma, más allá de la química.

Y cuando la sesión termina, la soledad vuelve. Más fuerte, muchas veces, que antes de empezar.

Qué no es el chemsex

El chemsex no es sinónimo de adicción. No todas las personas que lo practican desarrollan un problema. Hay quien lo hace de forma ocasional y tiene recursos para gestionarlo.

Tampoco es una señal de debilidad moral, de falta de valores o de autodestrucción consciente. Es, en muchos casos, la mejor solución que alguien ha encontrado para un problema que no sabe cómo resolver de otra manera.

Y no es algo de lo que haya que avergonzarse para pedir ayuda. De hecho, la vergüenza es uno de los principales obstáculos para buscar acompañamiento. Muchas personas tardan años en hablar de ello en consulta, precisamente porque anticipan el juicio que, en realidad, no va a llegar.

Cuándo el chemsex se convierte en un problema

No hay una línea exacta. Pero sí hay señales que vale la pena escuchar:

Cuando ya no puedes acceder al placer sexual sin sustancias. No como elección, sino como incapacidad real.

Cuando el comedown empieza a afectar tu funcionamiento. Días de baja, incapacidad de trabajar, aislamiento prolongado.

Cuando hay conductas de riesgo que en sobriedad no tomarías. Y que luego generan miedo o vergüenza.

Cuando intentas parar y no puedes. O cuando paras pero vuelves al poco tiempo, cada vez con más intensidad.

Cuando el resto de tu vida empieza a organizarse alrededor del chemsex. Las relaciones, el tiempo, el dinero.

Si te reconoces en alguna de estas señales, no significa que estés perdido. Significa que algo en ti necesita más apoyo del que hasta ahora has tenido.

Qué puede hacer la terapia

El trabajo terapéutico con el chemsex no empieza por “dejar de hacerlo”. Empieza por entender qué función cumple. Qué necesidad está cubriendo. Qué hay debajo de la sustancia que todavía no ha encontrado otro lugar donde expresarse. Dispones aquí de una persona experta en trabajar temas de adicciones y dependencia

Desde un enfoque afirmativo LGTBIQ+, ese trabajo incluye explorar la relación con el propio cuerpo y el deseo, los patrones de apego y vinculación, la homofobia interiorizada que a veces opera en la sexualidad sin que lo veamos, y el impacto de años de ocultamiento en la capacidad de sentir placer desde la presencia y no desde la huida.

No es un trabajo rápido. Pero es posible. Y no tienes que hacerlo solo.

Si quieres un espacio sin juicio donde hablar de esto, puedes reservar una primera sesión gratuita. Si además necesitas apoyo especializado en reducción de daños, Apoyo Positivo ofrece acompañamiento específico para personas que practican chemsex en Madrid.

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